Y la noche siguió subiendo…
Porque sí, podría parar aquí.
Pero sería traicionar la verdad.
Después vino el nyotaimori, con una modelo como bandeja viviente… y, para sorpresa de muchos, damas del círculo también se unieron al ritual.
Fue bello, simbólico y profundamente sensual.
Luego llegaron dinámicas estilo old money, más juegos, más concursos, música, licor, complicidad…
Y una cosa que debo decir: los anfitriones no dejaron nada al azar.
Todo tenía un propósito. Todo seguía un ritmo planeado. Todo el tiempo. No paraba.
Y lo mejor: nada rompía la magia.
Cuando por fin descubrimos el playroom, entendimos que la noche todavía tenía más para ofrecer: más juegos, más detalles, más conexión. La lencería de un momento a otro dejó de ser nuestros atuendos, y nos adentramos a un frenesí de piel.
La velada simplemente no se detuvo.
Nos quedamos hasta el amanecer sin darnos cuenta del tiempo.